Piedra y arte como elemento y como concepto son cercanos, sobre todo, por el origen de este en relación a aquella.

La abstracción ha permitido al ser humano prever los procesos que, llevados a la práctica, se convierten en una técnica con su conocida metodología de aplicación. Es decir, por qué y para qué se hacen las cosas.

De este modo el pensamiento crece y plantea nuevas ideas que hacen posible aquello que, una vez imaginado, carece aún de una metodología adecuada.

El pensamiento abstracto de los primeros homínidos se fue desarrollando y perfeccionando hasta alcanzar la capacidad de analizar y sintetizar las acciones, sus causas y sus efectos.

Entre ellas, estuvo la muy importante de asociar formas a significados simbólicos, es decir, distintos a los que, de una manera directa y explícita, cabría esperar de la materia en que se realiza la intervención humana.

A partir del momento en que el homínido dejo impresa la silueta de sus dedos en una roca lisa, se inició la poderosa abstracción de representar en dos dimensiones el mundo de la realidad (piedra y arte quedan unidos para siempre).

Siguiendo aquel camino, aquellos hombres realizaron imágenes de animales sobre soportes pétreos, pintando o grabando tanto en las paredes rocosas como sobre placas de piedra transportables.

El arte mueble -a pesar de su vulnerabilidad-  tuvo una difusión geográfica mayor que el rupestre parietal.

Las protuberancias y contornos en las superficies de las rocas, que sugerían y recordaban formas de animales, fueron la inspiración que llevó a los incipientes artistas a saltar más allá de las dos dimensiones.

De esta forma pintaron animales con un criterio que podríamos llamar escultórico que, paradójicamente enlazaba con las primitivas y toscas herramientas de piedra.

Como una levadura que favoreció la aparición del arte, la creación de símbolos introdujo criterios estéticos que fueron determinantes para el progreso y la búsqueda de nuevas formas y soluciones.

La aparición de los primeros restos del Homo sapiens coincide con los primeros vestigios de arte rupestre de la más primitiva factura.

No obstante, hay vestigios de una antigüedad cercana al millón y medio de años, que indican que en épocas pretéritas ya hubo un tanteo hacia una actitud artística a través de la piedra.

Hay arqueólogos que consideran como verdaderas esculturas las tallas bifaz de la técnica Achelense; una creación humana que, además de responder a una necesidad funcional, denotaba una evidente preocupación estética.

Paradójica y paralelamente a esta fabulosa evolución, también poseemos la evidencia de que las diversas especies de Homo desarrollaron un sentido de lucha y destrucción hacia aquello que consideraron hostil.

Lamentablemente, parece que fue preciso que una cualidad de progreso, derivada de la inquietud estética, quedase compensada por una deplorable voluntad de destruir que, curiosamente, es patrimonio exclusivo del ser humano.