El enjarje es una pieza clave que forma parte de las bóvedas de crucería, creadas en la época del gótico.

En la bóveda de crucería, las líneas diagonales, materializadas en nervios, son de forma semicircular.

Sobre estos nervios se apoyan las piezas que rellenan toda la superficie, y que se llaman plementos.

Los nervios diagonales o cruceros, que dan nombre a la bóveda, se llaman también ojivos.

La bóveda está rematada en su perímetro por arcos formeros y perpiaños, estos apuntados.

Los nervios son generalmente arcos de circunferencia, con la forma en sección que en aquellos tiempos se diseñaban, así que no son un gran problema de ejecución.

La mayor dificultad en la elaboración de piezas componentes de estas bóvedas se concentran en los lugares donde los nervios se encuentran.

Uno de estos lugares es donde arrancan los nervios, a continuación del pilar, y que, a medida que se asciende, se van separando unos de otros. Las piezas allí conformadas se denominan enjarje.

Todas estas piezas tienen los lechos inferior y superior horizontales, excepto la última pieza, que es donde se separan los nervios, y que ya tiene los lechos superiores inclinados.

Pues bien, entre otras cosas, una de estas piezas de enjarje fue la que nos fue encargada en la primavera de 2012 a propósito de las obras de restauración del ala sur del claustro del antiguo convento de Sant Doménec en Xátiva.

Se trataba de, a partir de unos planos de plantillas superior e inferior, tallar una pieza de enjarje, de 25 cm de altura, con un machón trasero que iría encastrado en el muro.

Esta pieza fue elaborada en piedra arenisca de Vinaixa y el trabajo en si aunque era laborioso no fue complicado puesto que se trataba de ubicar las plantillas superior e inferior (proporcionadas por el arquitecto de la obra) sobre la piedra, en el mismo eje.

A partir de los trazados marcados en los lechos, se trataba de unirlos dándole, eso sí, la curvatura correspondiente del arco a las caras exteriores.

La mayor dificultad quizás la encontrábamos en los puntos de encuentro donde la visión de los volúmenes que apreciaba el cantero resultaba clave para dejar bien resueltos estas fusiones.

Solo cabe decir que para un cantero fue un verdadero placer poder acometer trabajos como estos, producto de una época de tantísimo esplendor arquitectónico…